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Caminaron unos metros hasta llegar al vehículo de Silvana. Una finísima lluvia, algo muy parecido al sirimiri gallego, sembraba la calle de humedad. Helena agradeció el refrescante roce del agua sobre su rostro. Después de lo sucedido llegó a experimentar una terrible sensación de agobio que, ahora, se había esfumado. -Vamos sube. No te vayas a empapar. -Gracias, no me molesta la lluvia. Se sintió arropada en el interior del Audi 5 Coupé. La investigadora arrancó el motor y se deslizaron suavemente por el asfalto. Unos minutos más tarde alcanzaron la puerta de uno de los lugares favoritos de la rubia. -Espérame un momento, por favor. Silvana salió del vehículo sin darle tiempo a replicar. Helena se quedó mirándola, mientras caminaba hacia el interior de un local que jamás había visto, pero del que había escuchado hablar en diversas ocasiones. Cinco minutos fueron suficientes para que saliera con una botella de champaña en la mano. - ¡Listo! Vámonos.
Veinte minutos más tarde estaban sentadas en la terraza de un lujoso apartamento situado en la misma orilla del mar. La lluvia, tenue, no había cesado y, a Helena, la intensa humedad que se palpaba en el ambiente y el inconfundible sonido del oleaje le provocaba múltiples e indefinibles sensaciones. La terraza era amplia y estaba protegida por un techo corredizo que las aislaba, evitando la lluvia. Silvana había servido dos copas de un delicioso Bollinger. El resto lo dejó sumergido en un enfriador repleto de agua y hielo que lo mantenían en una temperatura perfecta. Tomó las copas y, le ofreció una al tiempo que le obsequiaba con una sonrisa afectuosa. Se acomodó junto a la comisario en un cálido sofá y su mirada, la escrutó durante unos brevísimos segundos. - Aquí estaremos más cómodas, y mucho más tranquilas para conversar. Ciertamente... Necesitaba un poco de aire fresco, calma… -Y una buena compañía, ¿quizás? Helena la miró con ojos curiosos. Era evidente que le encantaba flirtear. Y también, que era algo que le resultaba extraordinariamente sencillo. Y todavía resultaba más claro, le gustaba hacerlo con ella. Quizás. Silvana, divertida, asintió con un gesto simpático. -No estás acostumbrada a que una mujer suspire por ti, ¿verdad? - No, no lo estoy. -No pretendo incomodarte. -No lo has hecho. Todavía. Transcurrieron unos segundos en silencio, escuchando la banda sonora propiciada por el oleaje, y la lluvia. -Estás preocupada, ¿verdad? Hay algo… no sé si tiene que ver conmigo, algo que te tiene perdida… Helena se expresó con voz ronca. -Eres muy observadora. - No creo que sea muy habitual sorprender a la comisario de policía de la ciudad, un miércoles por la noche, tomando unas copas en uno de los locales más chic de Valencia… y mucho menos, sola… Helena esbozó una ligera mueca a modo de sonrisa, asintiendo al acertado comentario. -Tienes razón. Ni siquiera acostumbro a beber. Le sonrió, esta vez con una sonrisa franca, mientras le dedicaba una afable mirada: - y, desde luego, no me gusta hacerlo sola. Dejó que transcurrieran unos segundos antes de hablar. Fue cuidadosa al tomar la mano de Helena mientras le susurraba: -A pesar de mi evidente interés romántico por ti, no quiero que pienses que soy una especie de depredadora sexual. Me encantaría que fueras capaz de verme como a una amiga; una mujer cercana a la que poder confiar tus dudas, tus miedos…tus deseos. Sé escuchar a las personas que lo necesitan; puedo resultar muy comprensiva. -No lo dudo. Sonrió afectuosamente al tiempo que no evitaba el contacto con ella. -Me es muy grata tu compañía. Pero… Sí…Es complicado, Silvana. -¿Qué es complicado? - Para empezar, jamás he estado con una mujer en el sentido en el que sí lo he hecho con los hombres. En segundo lugar, experimento sentimientos y sensaciones encontradas con respecto a ti. Sentimientos y sensaciones que asocio, y no me preguntes por qué razón, con un asunto profesional en el que estoy trabajando y que está empezando a obsesionarme. Por último, llevo demasiado tiempo sin hacer el amor. La última parte de la exposición le sorprendió de tal modo que no pudo evitar reír abiertamente. Con una risa simpática que contagió a Helena. -Discúlpame, por favor… No me río de ti. ¡Has puesto una carita tan… deliciosa! -Es la verdad. En los últimos meses he estado tan atenta a mi carrera, tan absorta en el trabajo, que apenas he prestado atención a ninguna otra cosa. -No es sencillo ser la máxima responsable de la policía, eso ya me lo dijiste. -No, no lo es. En absoluto. Aunque no me iría mal que alguien me distrajera… un poco. - ¿Qué buscas? ¿Qué… necesitas? - Lo que todo el mundo, supongo. - Lo que todo el mundo… No sé qué es lo que quiere todo el mundo. Silvana adoptó una actitud teatral mientras se acercaba a Helena, que la miraba divertida. -Probablemente… baste con que alguien, sencillamente se presente y te diga: te amo. Te amo tal y como eres… Helena sonrió levemente: -Tampoco yo sé si es eso lo que quiere todo el mundo pero, al menos, sí es lo que necesito. Que me amen tal como soy. Que acepten mi trabajo y todo lo que implica, a los niveles en los que me muevo. Que puedan soportar que yo esté por encima, profesionalmente hablando. La recompensa sería enorme,… sin límite ni medida, si esa persona, sencillamente apareciera y me dijera, te amo. Pero no lo he logrado aún, con ningún hombre. - Son demasiado diferentes a nosotras. - Estás insinuando que, ¿con una mujer podría ser de otro modo? - No necesariamente. Pero estoy convencida de que debe de ser mucho más sencillo lograrlo. - Quizá estés en lo cierto… ¡Quién sabe! Se levantó y sirvió un poco más de champaña. Depositó la botella, de nuevo, en el enfriador. Observó curiosa la acogedora estancia inmediata a la terraza en la que se hallaban, y sonriendo ensimismada, dedicó una mirada limpia y directa a Silvana que permanecía sentada; parecía relajada y tranquila. Dio media vuelta y se acercó a la barandilla. Recostándose sobre ella dejó a su mente y a su cuerpo conectar con los elementos; con la fina lluvia que, inocente, no cejaba en su empeño por empapar el mar. Con las olas, que bramando desde la lejanía volaban hasta lamer extasiadas la orilla. Con el viento, casi frío, que la merodeaba insistente hasta ceñirla vehemente. Echó la cabeza hacia atrás al tiempo que cerraba los ojos. Una cálida oleada de placer la envolvió. Dejó escapar un gemido suave mientras concentraba sus sentidos en el efecto que provocaban en ella las sobrecogedoras caricias de Silvana. Percibía los pechos de la rubia en su espalda, el hueco de su garganta encajando perfecto en la nuca al apartar su pelo, delicadamente, hacia un lado. Los labios, jugosos y espléndidos deslizándose ávidos, aunque pausados, por la mejilla. Abrió los ojos de nuevo y se sorprendió a sí misma disfrutando una ilusión; Silvana seguía en su sitio, observándola desde la distancia. Se sintió desolada y perdida. ¿Qué era aquello? Juraría que la había abrazado, besado, adorado hasta encenderla… Silvana… Ladeando ligeramente la cabeza, Silvana la observó. Le resultó más deseable que nunca. No podía negarlo: su cuerpo vibraba con la excitación que, sin duda, había acumulado en los últimos minutos. Rebosaba sexualidad. Estaba exultante. Silvana supo que no podría retenerse mucho más. Percibía el ansia en sus propios ojos desbordados por el deseo; el sigiloso acoso al que acababa de someter a Helena había logrado arrancarla de su órbita. Conocer su sabor y su tacto sin haberla saboreado y sin, siquiera, haberla rozado, la había trastornado. Ker tenía razón, sus poderes mentales y sensoriales eran absolutamente desmesurados: - ¿Qué te ocurre? No. Definitivamente no sabía qué le estaba sucediendo. Lo único cierto era que necesitaba abandonarse, liberarse de la tensión, de la incertidumbre que le creaba el pasado. Asir con vehemencia el presente. Descartar el futuro. Siempre era tan sumamente serena y equilibrada… y ahora… deseaba perderse. Sí… perderse… Sólo eso… ¿Por qué no? -Silvana. Llévame a tu cama. Habló en un susurro ronco, casi en un suspiro imperceptible, sólo audible para ella. - Llévame a tu cama… Sumergido el deseo en la oscuridad, se percibe un eco suave de caricias y besos lentos, ensayados desde mucho antes. No se trata de jadeos, ni de gemidos, ni siquiera de suspiros. Es más bien un rumor apenas perceptible que flota en el espacio, encallando unas veces en las paredes de la habitación, navegando otras, a través del hueco liberado por las puertas de la terraza hacia el mar. Cuerpos; uno sobre otro, se engarzan como cuentas en bellísima gargantilla, superponiéndose ávidos de sensaciones. Manos; escudriñan a tientas, transitan la piel para reconocerse en el descubrimiento mutuo. Ojos; acomodados a la penumbra, sobrevuelan el rostro enfrentado aguardando, fascinados, indicios de complacencia. Labios; voluptuosos, arrastran su sed sobre húmeda piel inquieta, sobre otros labios anhelantes, desvelados por el gozo en perspectiva. Silencio…Silencio quebrado a veces… Éxtasis… Muerte dulce en el fondo de un vertiginoso abismo de placer. Y la vida. La vida que recupera su ritmo natural… lentamente. Un sol excepcionalmente cálido penetraba, a través de las delicadas cortinas, hasta el interior de la alcoba. Las puertas de la terraza permanecían abiertas. Lo justo, como para que pudiera percibirse el grato perfume del agua del mar. El sonido indolente de las olas, al arribar a la arena, dulcificaba el silencio que gobernaba la estancia. Silvana observaba. Su mirada se posaba con cuidado sobre el cuerpo de Helena que, todavía dormida, descansaba de la noche, intensa y breve, en la que había entregado su pasión y su amor a la bella rubia; Silvana había descubierto cuánto la adoraba. No podría precisar qué era aquello que la convertía en un ser tan increíblemente deseable, pero estaba segura de que en su interior residía algo que la motivaba sobremanera, y la llevaba a experimentar sentimientos que evidenciaban que, lo que había surgido entre ellas, era mucho más que pura atracción sexual. Helena se movió lentamente; se desperezaba tranquila, relajada, feliz. Giró sobre sí misma, envuelta entre las sábanas, dejando descubierto parte de su torso, y también de sus caderas. Silvana pudo observar la herida del hombro causada por el impacto de una bala. La que le había disparado aquel mal nacido la noche en la que detuvieron a los pirómanos. Silvana la seguía de cerca; la deseaba tanto que sentía la necesidad de la proximidad, tenía que verla, conocerla mejor, saber cómo era para poder abordarla con éxito. Aquella noche, además, la ayudó. Truncó la vida del que la había herido. Afortunadamente, todo había pasado. -Tu cuerpo es una delicia de curvas perfectas. La voz de Silvana sonó suave; un susurro envuelto en los más bellos matices. -Eres preciosa Helena. - Qué forma tan adorable de darme los buenos días. -El semblante de Helena evidenciaba satisfacción. -Tú eres increíblemente hermosa. Y no me refiero únicamente a tu físico. Eres… un ser hermoso… mucho. Aspiró profundamente el aire. Permitió a sus pulmones embeberse en él, dejándolo escapar posteriormente, poco a poco. Se levantó de la chaise longue en la que había permanecido tumbada, para acercarse a ella. Se sentó a su lado y le acarició la mejilla en un gesto muy dulce: -Me gustaría hacerte mi esclava. Ojalá pudiera mantenerte aquí por siempre… no te dejaría marchar. - Ha sido una noche perfecta. Nunca, y no te miento, nunca había experimentado nada parecido. A penas hemos dormido, no he podido dejar de hacer el amor contigo. Deseaba… absorberte, devorarte, mantenerte dentro de mí… nadie me ha hecho sentir de ese modo, jamás… - Helena… he estado con unas cuantas mujeres… - Ya lo imagino, eres una conquistadora… - No, no me digas eso… quizás haya sido un poco frívola en mis anteriores relaciones... Reparó en la ironía reflejada en el rostro de Helena. -Bueno, sí, he sido muy frívola. Pero… es distinto. Ahora. Tan distinto que no me reconozco. Es como si… ¡vas a pensar que estoy un poco loca!… - ¡No! Dime. - Es como si en otra vida, tú y yo, hubiéramos pactado encontrarnos de nuevo. Aquí, ahora… en estas circunstancias. Te siento tan mía que es como si te hubiera recuperado después de mucho tiempo extraviadas. La miraba sintiéndose profundamente impactada por sus palabras. Aquello parecía una declaración en toda regla. Sin embargo, Helena no sentía inquietud alguna; más bien al contrario: podía percibir aquella aliviadora sensación de reparación tras la pérdida. Sabía que Silvana le hablaba en serio. Se incorporó hasta situarse a la altura de la rubia, quedando su torso, ahora, completamente desnudo. -Necesito abrazarte…déjame sentirte… déjame sentirte. Helena no se cansa. El cuerpo de Silvana, desnudo, tendido sobre la cama es el oasis que no desea abandonar. Pretende seguir perdida entre la firmeza de las dunas, recorriendo ávida las llanuras aterciopeladas, enredándose en la áurea espesura, saciando su sed en el infinito, húmedo arroyo que brota inagotable, entre sus piernas. Silvana se siente abrumada, gratamente asombrada por el ardor de la comisario, por el deseo que la desborda y que ni tan sólo podía imaginar. Helena besa, lame, chupa… Se embebe fascinada del cuerpo de la rubia. Y ésta, cautivada, siente que la está despojando, no sólo de su cuerpo, sino también de su alma. Ambas se reconocen unidas por un vínculo invisible, pero perfectamente palpable que las mantiene asidas al delirio. Las manos peregrinas, abiertas en toda su extensión, recorren hambrientas su pecho, el abdomen; los labios se recrean estremecidos en los pezones. Sus brazos vigorosos levantan el cuerpo tendido obligándola a arquearse, ofreciendo vencida su torso, para que Helena pueda colmarse con su sabor. Entre las piernas de Silvana la vida recobra el sentido; entre sus brazos, la infinitud de la existencia se resuelve. Y alcanza el clímax con el orgasmo de la rubia, entregada sin remedio, al abrasador avance de su lengua. Mientras tanto, el teléfono de Helena San Segundo sonaba insistente dos habitaciones más allá. Dentro del bolso, pugnaba por ser escuchado, luchando vehemente contra la pantalla auditiva que suponía el cuero que lo ocultaba y el grosor de las diferentes paredes que debía traspasar para poder ser percibido. No lo logró. (continuará)
Actualizado ( Domingo, 21 de Noviembre de 2010 )
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