|
Bastó sólo un intercambio de miradas en plena Castellana para saber que algo iba a pasar. Desde su Volvo todoterreno podía ver mi coche por entero. Sintió curiosidad por la bandera arcoíris que llevo en el cristal de atrás de mi deportivo y procuró ponerse a mi altura después de varios semáforos.
Primero le llamó la atención la bandera y pensó que iría un estupendo muchacho (ya se sabe que muchas heterosexuales creen que sólo los tíos buenos pueden ser gays) al volante. Pero le resultó sorprendente que fuera una mujer. En la primera parada sólo pudo comprobar que no era un chico y eso le provocó aún más curiosidad.
Yo iba completamente abstraída del tráfico de Madrid y pensando en la visita de la semana siguiente a la bodega de una posible cliente que me había presentado Karen. Antes de salir había estado viendo estudios topográficos de la zona y vistas aéreas de la futura ubicación de sus nuevas instalaciones. Para nada iba pendiente de un Volvo que no se separaba de mi trasera.
Al llegar al semáforo, justo antes de la Plaza de Cibeles volví a la realidad del tráfico y mi entorno porque arquitectónicamente es un decorado maravilloso. Me molestaba la visión un todoterreno negro que tenía a mi izquierda y me impedía disfrutar del Palacio de Linares. Con su envergadura y la poca altura de mi coche me sentí que iba a ras del suelo.
Subí la mirada hasta la ventanilla del copiloto y la vi, con los ojos clavados en mí, con una mezcla de sorpresa y deseo. Sonreí y me devolvió un gesto con la mano para que la siguiera.
No lo pensé y encaramos el Paseo del Prado en dirección sur. Me sudaban las manos ante esta reacción instintiva de sentirme presa y predador. Seguía a mi víctima y me sentía a la vez observada por ella sin poder tener el control de la situación.
Me costó seguirla, por un momento sentí pánico al pensar que podía haber interpretado mal su señal y que en realidad estuviera sintiendo que la acosaba. Levanté el pié del acelerador para ver qué ocurría. Ya estábamos en la N-42 y me puse en el carril derecho. Ella se alejó durante unos segundos hasta que se encendieron sus luces de freno y se situó a la derecha también.
Adelanté a los vehículos que me separaban de ella posicionándome justo detrás, parecía un ritual de apareamiento, de caza. Me señalizó con las luces de emergencia y entendí perfectamente el mensaje. A pesar de la frío exterior, el sol a través de los cristales de mi coche elevaba la temperatura. El vértigo de la persecución me pegaba la camisa blanca al cuerpo. Me sobraba la chaqueta que llevaba. Pero no quería detenerme para quitármela.
A pocos kilómetros de la ciudad de Toledo tomó una salida que indicaba la entrada a una finca. La seguí con más miedo por los bajos de mi coche que por la situación con ella. El camino estaba compactado y sólo la grava sonaba en los bajos. El paisaje era de una belleza serena. El sol estaba generando brumas en la dehesa entre encinas. La incipiente hierba formaba un tapiz uniforme por estas tierras arcillosas castellanas.
Me olvidé de que estaba siguiendo a una desconocida y me dejé invadir por una sensación de haberme transportado a mitad del cielo. Conducía entre manchas de neblina y al fondo una empalizada con árboles y la silueta de una pequeña construcción. Vi cómo detenía su coche en lo alto de la loma y se bajaba una mujer. Desde mi distancia no podía apreciar sus rasgos y el corazón se me aceleró. Aparqué detrás de su coche, maniobrando para dejar el mío en posición de escapada, a fin de cuentas no me había parado a pensar que hubiera una trampa en aquel encuentro.
Llevaba la camisa completamente pegada al cuerpo y, a pesar del resto de la ropa, al salir del coche sentí el frío en el cuerpo y un sol radiante en la cara. Nos separaban unos metros.
Estaba al borde de la loma, frente a mí, a contraluz. Los pantalones de montar que llevaba no dejaban margen de duda respecto a su cuerpo. Bien formado, piernas fuertes, cintura estrecha y hombros un poco más anchos. Esta manía mía de calcular volúmenes me estaba sirviendo de mucho para hacer el cálculo volumétrico de aquella mujer.
Llevaba el pelo recogido con coleta y gafas de sol de espejo estilo aviador. Levemente maquillada tenía un aspecto impoluto, delicado…delicioso. -Me encanta venir los días soleados de invierno a esta parte de la finca. -No me extraña, la visión es fantástica. –respondí. -Soy Luisa –mientras me extendía la mano. -Laura, un placer. –estrechando la suya. Detuvimos la mira y las manos juntas en medio del ritual de reconocimiento, de cálculo. Sopesando el instinto físico, midiendo el miedo, controlando el deseo. No sé si fue un segundo, 10 o 50…sé que mi cuerpo sintió un impulso, el mismo que ella sintió y, sin soltar mi mano, me trajo junto a su cuerpo de un golpe con fuerza y suavidad. Quedé pegada a ella, entre el coche y su cuerpo. Se quitó las gafas y pude ver sus ojos. No eran grandes pero tenían hambre. Me pareció preciosa. No dejaba de besarme mientras me abría la preciosa americana de lana escocesa que Karen me acababa de regalar. Mis gafas cayeron al suelo. Al desabrocharme la camisa, el frío me cortó la piel, le volvió loca mi pecho mojado de sudor, de perfume, de suavidad. Empezó a besarlo caóticamente, mezcla de un deseo natural y prejuicios de no entender qué le pasaba.
Yo no sabía qué hacer, sentía el deseo y el frío de aquel paraje a la vez. Su pasión me tenía inmovilizada y me dejé hacer. Sus manos me empezaron a desabrochar el pantalón y empecé a escuchar el sonido de un motor que se iba acercando. Ella había perdido la noción de la realidad sumergida en mi cuerpo sin ser consciente de que alguien se acercaba en un todoterreno blanco. No quería parar sintiendo su mano en mi sexo, una mano tibia e inexperta que me hacía sentir una excitación diferente. Pero el ruido era cada vez más cercano y estábamos completamente expuestas en mitad del campo, sólo nos separaba su Volvo negro. Necesitaba llegar hasta el final de este apareamiento salvaje e imprevisto y me daba igual el coche que ya estaba a 200 metros. De repente el ruido paró y sólo sentí que tenía un orgasmo delicioso y la voz de un hombre.
-Señora, ¿va todo bien? Me tiré al suelo en un acto instintivo de refugio mientras ella recomponía su gesto de excitación salvaje. -Sí Mariano, todo está bien. -El Señor Alfonso ha llegado ya de la cacería con los americanos y le esperan para almorzar. -No se preocupe Mariano, termino en un minuto y voy a la casa. Dígale a mi marido que llevo el vino que me encargó. -Gracias señora. Yo seguía sentada en el suelo apoyada contra el coche escuchando casi sin aliento la conversación. Me levanté al oír las ruedas en la grava dando la vuelta y alejándose por el camino. Se puso de nuevo frente a mí, recompuesta y con sus gafas como si nada hubiera pasado. Me besó. -Ya sabes cómo salir ¿no? Me monté en el coche y miré por el espejo retrovisor. Tomó nota de algo, creo que fue mi matrícula y me lanzó un beso…
-Ya llega mi esposa -Buenos días a todos. -Dolores, los señores Thomson. -Un placer conocerles. El señor y la señora Thomson saludaron cortésmente en un castellano con acento americano. -Su esposo es un gran cazador. Dolores, oliéndose ligeramente la mano respondió -Sí, una estupenda mañana de caza.
Actualizado ( Lunes, 12 de Marzo de 2012 )
|